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La autoestima

¿Qué es la autoestima? Definición

auto estimaLa autoestima es el resultado de una autoevaluación. Se trata, en cierto modo, de un barómetro que revela en qué medida vivimos en concordancia con nuestros valores. La autoestima se manifiesta por el orgullo que nosotros mismos (as) sentimos respecto a nosotros, y en la valuación continua de nuestras acciones. Conscientes o no, la valuación que hacemos sobre nuestros comportamientos nos alcanza siempre. A cada acción subjetivamente importante, emitimos un veredicto en estos términos: “lo que hago es válido ante mis ojos” o “esto no es válido”. En el primer caso, la acción me revaloriza mientras que en el segundo, me desvalorizo a mis ojos. Además, esta apreciación se inscribe inmediatamente en la memoria y se ata al concepto de uno mismo.
Camuflo la verdad para evitar una discusión, no estoy orgulloso de mí y tengo baja autoestima.

Me atrevo a dar mi opinión delante de toda esa gente más competente que yo, porque quiero tomar mi sitio. Subo en mi estima.
Así, la autoestima es un valor frágil y cambiante. Aumenta cada vez que actuamos respetando nuestros estándares y disminuye cada vez que nuestro comportamiento los contradice. Es posible que sea muy alta o muy baja según períodos de nuestra vida.
Soy alcohólico para evitar hacer frente a las verdaderas cuestiones de mi vida. Mi autoestima es tan débil que para olvidarlo bebo más.

Abandoné la botella para enfrentarme con mis problemas. Soy ahora una persona que hace frente a su realidad. Mi estima aumentó muchísimo, estoy orgulloso.

La importancia de la autoestima para la calidad de vida

Favorable para la actualización

Una buena autoestima facilita la actualización de nuestro potencial como ser humano. El que tiene buena autoestima intenta conseguir sus aspiraciones y su desarrollo. Al contrario, el individuo cuya autoestima es débil puede ponerse límites porque tiene la impresión de no merecerlo. Se encuentra en un círculo vicioso y no encuentra su salida.

Atractivo para tus semejantes

Buscamos intuitivamente la compañía de personas cuya autoestima sea comparable a la nuestra. Si es elevada, la relación se hace fuente de estimulación para “ir más lejos”. En el caso inverso, podemos “tirar hacia abajo”. Por ejemplo, una estima débil nos predispone a tolerar ser tratados con poco respeto y esto nos arrastrará, inevitablemente, a una caída de la autoestima. Al contrario, una autoestima más bien fuerte nos hace respetarnos a nosotros mismo y negar las faltas de respeto bajo la forma que sean, buscando la compañía de las personas que consideramos capaces de reconocer nuestro valor.

Una base para una relación apasionante

La autoestima influye también sobre la relación amorosa. Es difícil creer en el amor del otro cuando la opinión de nosotros mismos es negativa. Sucede que no reconocemos las manifestaciones amorosas que nos hacen y hasta despreciamos al amante que nos expresa su amor o deseo. A nuestros ojos, somos seres de poco valor y no creemos que alguien pueda atarse a una persona tan insignificante como nosotros. A causa de esto, a menudo escogemos personas cuyo amor es difícil (si no imposible) conseguirlo, convencidos de que nuestro éxito sería la prueba de nuestro valor. Pero estas tentativas no salen bien la mayoría de las veces (ver “Dependencia afectiva y necesidades humanas”).

La relación amorosa entre dos personas cuya autoestima es sólida, tiene más posibilidades de conseguir éxito. Primero, porque la estima es uno de los ingredientes importantes del amor. Hay posibilidades de que una persona con la autoestima alta encuentre a otras que compartan sus valores, como sucede en las relaciones. Además, la estima que nos muestra un compañero tan importante constituye un alimento afectivo de una riqueza sin igual. La seguridad personal que emana de la autoestima puede facilitar los momentos de intimidad, la persona no se siente amenazada y no está a la defensiva.

Con tal base, los amantes pueden consagrarse a su desarrollo y al de su relación. Sostienen al otro en su búsqueda de abertura. Consumen menos energía y buscan la seguridad y confirmación de su valor ante los ojos del otro.

Prenda de éxito

Por otro lado, una autoestima fuerte favorece el éxito. Ayuda a arriesgarse, a buscar soluciones innovadoras, a dar prueba de tenacidad y perseverancia. Estas actitudes, a menudo, llevan a la victoria alimentando a la vez la confianza y la estima. Por otra parte, la multiplicación de los éxitos permite soportar los fracasos que serían catastróficos para una persona con la estima frágil.
Cuanto más elevada sea mi autoestima, mejor podré ver mi vida. A mis ojos, merezco conseguir lo que emprendo, es por eso que no vacilo en dedicar los esfuerzos necesarios. Esta actitud me atraerá éxitos que me permitirán confirmar la confianza en mi capacidad para conseguir triunfos. Esta confianza adquirida hará que no vea los fracasos como abominaciones, sino como errores de trayecto de los cuales saco provecho.

A la inversa, si mi estima es débil no intentaré conseguir algo en la vida. Mis empresas y mis proyectos abortarán por falta de tenacidad. No poseeré esa fuerza que me empujaría a obtener lo que busco creyendo que vale la pena. Mi falta de perseverancia será, a menudo, responsable de mis fracasos y de mi falta de confianza en mis capacidades. A causa de la mala opinión que tendré de mí, me contentaré con relaciones poco importantes que, a menudo, contribuirán a desvalorizarme más. Me contentaré con un trabajo que me permitirá que me desarrolle, de una vida por debajo de mis sueños…

Los ejes del autoestima

Fundarme en tener mis emociones y mis necesidades

Nosotros mismos debemos perfeccionar nuestro crecimiento psíquico, el poder de ser. Este trabajo de crecimiento se ha explicado en varios textos, entre los que están “Transferencia y derecho a vivir”. Los signos de este poder se ven en la capacidad de consentir en todas nuestras emociones, reconociendo nuestras necesidades.

Este mismo paso nos permitirá ser personas conscientes de una identidad limpia. Nuestra identidad, en efecto, se encarna en nuestro cuerpo, en nuestras emociones y necesidades propias, en pensamientos y opiniones nuestras, los sueños y aspiraciones que nos caracterizan junto a los valores a los cuales nos adherimos.

Respetar quién soy

El ingrediente crucial de la autoestima es la propia estimación. En ser “Fiel a mí mismo”. La fidelidad esencialmente consiste en actuar conforme a lo que reviste importancia ante nuestros ojos.
Es refiriéndonos a nuestra escala de valor cuando podemos elegir quiénes tienen un efecto positivo sobre nuestra estima. He aquí algunos ejemplos.
La honradez en las relaciones comerciales es un valor importante ante mis ojos. Tendría la posibilidad de hacer una declaración falsa de pérdida de bienes a mi seguro con el fin de obtener un reembolso más elevado. Respetar consiste en hacer una declaración que corresponda con mis pérdidas efectivas.

Firmé un contrato con un equipo deportivo que parecía muy interesante en el momento que firmé. Hoy, la realidad es diferente. Los nuevos jugadores consiguen mayores ventajas que las mías. No reniego de mi elección porque mi palabra y mi firma tienen valor ante mis ojos.

La propia estima tiene un precio. Este precio forma parte del conjunto que escojo cuando decido respetar lo que me importa. El dicho “no podemos tener la mantequilla y el dinero de la mantequilla” se aplica a este dominio. Cada vez que escogemos arriesgarnos aceptando las consecuencias, nuestra estima se encuentra realzada. Si no logramos cumplir nuestros principios, nuestra autoestima se encontrará alterada.

Talentos y capacidades

Dominar mis funciones intelectuales

Las necesidades afectivas no son los únicos constituyentes de nuestro ser. Las del espíritu tienen también un sitio preponderante en la vida humana. Entre otras cosas, necesitamos comprender nuestro universo para que nuestras actuaciones tengan sentido y nos dirijan.

La inteligencia humana permite analizar y comprender la realidad. Concediendo importancia al espíritu nos convertimos en personas de envergadura más grande. Al contrario, renunciar al esfuerzo intelectual para estudiar, analizar, ver la realidad y formarnos opiniones, reduce nuestro alcance sobre el universo. Tal abstención nos hará más vulnerable a las manipulaciones de géneros diversos. Estaríamos, por ejemplo, a la merced de los demagogos, de la publicidad, de las opiniones de moda, del raciocinio de las instancias políticas, de los agrupamientos de los que formamos parte, de las presiones afectivas de nuestros allegados…

Hacer sitio a la duda

Reflexionar es dar importancia a la duda. La incertidumbre delante de un enunciado presentado como la verdad, o delante de un hecho nuevo, es una manifestación sana de la inteligencia. En lugar de tragarnos todo lo que nos presentan en nombre de la competencia, o en nombre del estatus difusor de la información, un cierto retroceso para reflexionar nos permite ponderar la información según su calidad: la plausible, las aberraciones, la información incompleta, etc… La trataremos en consecuencia.

De ese modo, conservamos lo que influye sobre nosotros y nuestras elecciones. Haciendo esto contribuimos a elaborar nuestro concepto de personas separadas con espíritu autónomo.

Desarrollar mi confianza en el plano intelectual

El plano intelectual es la perseverancia delante de las dificultades la que nos permite edificar nuestra confianza. Así, cuanto más nos esforcemos en reflexionar, más podremos comprobar y creer que somos capaces de comprender situaciones complejas.

Todas las sociedades tienden a dictar ideas y aprecian poco la crítica, la conversación y la desviación intelectual. La escuela tiende a decirnos qué pensar y las familias están, a menudo, demasiado ocupadas para hacer sitio al cambio constructivo y la conversación necesaria para poner a prueba la reflexión y el juicio. Además, somos invadidos por los medios de comunicación que difunden toneladas de informaciones y opiniones. Es tentador volvernos hacia ellos para formar nuestra opinión.

Si escogemos perfeccionar nuestra persona en el plano intelectual y en los planos afectivos y físicos, tendremos que mostrar esfuerzos. Así como todo lo que es válido, la explotación de nuestros recursos intelectuales deberá ser exigente.
“Era tentador aceptar el diagnóstico de “déficit de atención” muy de moda, y fácilmente aplicable a mi hijo. En efecto, no se concentra, no se esfuerza en comprender pero este diagnóstico no me satisface porque no me informa sobre cuál es la causa del síntoma.

Decido tratar de comprenderle. Le observo porque para mí es importante antes de adoptar la solución que los profesionales me aconsejan.

Después de algunos meses, mi hijo se abre. Consigo las explicaciones que me permiten comprenderle. La solución puede aplicarse a la causa afectiva de su comportamiento.

Esta experiencia me produce mucha satisfacción y refuerza mi capacidad para comprender situaciones complejas.

Ejercer mi juicio

La capacidad para valorar las situaciones es otro componente importante de la inteligencia. Esta función intelectual está continuamente cambiando. Es ella quien nos permite ver el peligro. Saber si lo que se nos propone nos conviene, apreciar lo bello. Aunque no siempre seamos conscientes de ello, analizamos continuamente las situaciones que nos afectan y emitimos opinión sobre ellas bajo la forma de un juicio.

En ciertos casos, esto último implica consecuencias importantes. Nos sucede que reservamos nuestra apreciación porque nos faltan datos, o porque nuestro análisis está incompleto. Pero, en la vida diaria emitimos, continuamente, juicios: esto es correcto, esto no lo es, estoy de acuerdo, no lo apruebo…
Juzgo el que me adelanta a una velocidad loca por la autopista. Es un loco.
Juzgo a la madre que consuela a su niño con ternura. Es una buena madre.
Juzgo a mi jefe que no deja de exigirme más y más. Es un mezquino.
Juzgo las elecciones de mis padres después de su jubilación. Les encuentro creativos.

En ciertos medios el juicio se vuelve sagrado, por lo menos cuando se aplica a las personas. Es el caso de los grupos que conceden un valor importante al desarrollo personal. Para ser aceptado hace falta “hablar al yo” y no hablar del otro. En este marco, las críticas negativas (pero no las positivas) son mal vistas porque “no tenemos derecho a juzgar al otro”. “¿Quiénes somos para juzgar?”. Según estas normas, el ideal de vida con nuestros semejantes reposaría en una actitud de consideración positiva incondicional.

Abstenerse de juzgar es necesario en una relación terapéutica cuando se quiere ayudar al cliente, pero en una relación no terapéutica la misma abstención produce resultados nefastos. A menudo, los juicios inhibidos son expresados en formas menos detectables aunque perniciosas (críticas indirectas en forma de una cuestión plena de supuestos, manipulación, etc.). En otros casos, el esfuerzo de neutralidad socava la vitalidad de la relación (relación superficial, declaraciones complacientes, cambios asépticos, etc.). Finalmente, la amputación de la facultad para juzgar no contribuye a nuestra abertura, ni a la de nuestras relaciones.

Esta opción relacional está fundada en la voluntad de facilitar la comunicación minimizando las provocaciones que llevan al interlocutor a ponerse a la defensiva, aunque hay mejores medios de expresarse sin atacar o intentar herir al otro.

Actualizar mi potencial

autoestimaPodríamos decir que esta sección es superflua porque lo primero es la actualización de uno mismo. Tener mis emociones y necesidades corresponde a mi conquista del derecho a la existencia. Respetar quién soy me ayuda a conquistar una identidad distinta. Ambas conquistas son pasos del desarrollo psíquico y recupera nuestro poder para ser lo que somos con el fin de estar en posesión de nosotros.

Pero, desde otro punto de vista, esta sección no es redundante porque la actualización del potencial es un paso muy diferente para conquistar la identidad. Consiste en sacar el potencial inscrito en el conjunto de nuestro ser. Se trata de talentos físicos, intelectuales, artísticos, etc… A veces, son detectados por casualidad. A menudo, son revelados por aspiraciones o deseos. La mayoría de las veces el desarrollo del potencial se vive como una necesidad interior.

El papel de la tendencia actualizante

La “tendencia actualizante” es una característica común en todos los seres vivos. Se trata de la fuerza psíquica responsable de la necesidad de actualización en el humano. En realidad, su radio de acción parece más grande que el que describió el padre de la psicología humanista. Es la fuerza de la vida la que nos empuja a buscar la satisfacción de nuestras necesidades en todos los planos.

Es natural en los seres vivos procurar desarrollarse. A menos que nos encontremos en condiciones demasiado precarias, la planta aumenta, brota, florece. No existe planta que “se estanque”. Si su crecimiento no es evidente será porque está en modo de descanso o supervivencia. En ambos casos está ocupada ocupándose de su vida.

En el caso del niño, la necesidad de crecimiento es también evidente pero, si las condiciones se revelan desfavorables, también optará por la protección de sus experiencias o asegurará su supervivencia.

En el caso del humano, como en el resto de la naturaleza, la fuerza de actualización siempre está activa. Hasta el moribundo busca que se trate de aliviar su sufrimiento o desea la muerte para ir hacia “algo mejor”.

Voluntad, necesidades, sueños, deseos, desafíos

En el curso de la vida, la tendencia actualizante se manifiesta por necesidades y aspiraciones. Éstas aparecen bajo la forma de un deseo, un sueño o un desafío que hay que levantar, pero no se trata de cualquier deseo o sueño. Su puesta principal es el desarrollo de una capacidad. Aquí, el placer inmediato no es un criterio, es la satisfacción de crecer en la buscada del todo. La mayoría de las veces estas necesidades de actualización se manifiestan a través del carácter imperativo del deseo, la recurrencia del sueño, la fuerza del deseo o la urgencia de actuar: “Debo decidirme sobre la maternidad. Es una cuestión ineludible a causa del reloj biológico”.

“Sueño tener mi propia empresa. No hay un día en que esa idea no se me ocurra”.

“Esta carrera es un desafío para mí. Necesito hacerla”.

“Sueño con expresarme mejor. Me gustaría tomar clases de teatro porque sé que me ayudaría, pero soy tan tímida que tengo miedo de la mirada de otros”.
El miedo es una compañero asiduo de las necesidades de actualización. A menudo, damos largas a nuestros desafíos, sueños, deseos y hasta a nuestras firmes voluntades. Así es como evitamos avanzar. Perdemos la ocasión de vivir nuevas experiencias que serían buenas ocasiones para aprender a desarrollar habilidades suplementarias y aumentar el alcance de nuestro universo.

Por definición, la inmensa mayoría de los sujetos importantes a nuestros ojos tienden a darnos miedo. Para avanzar debemos conseguir confrontarlos, pero esto no significa que debamos negarlos. Hay que tenerlos en cuenta calculando las dificultades y la selección de los desafíos. (Ver “La Guía de las emociones” y “La fuerza de las emociones”).

La confrontación de los miedos es necesaria para desarrollar confianza en nosotros mismos. Nos es más fácil hacerlo en unos campos que en otros. Cuando se vuelve importante para nosotros ganar experiencia y confianza en un campo, debemos seguir el camino donde encontremos nuestros miedos. La confianza ganada se convierte en orgullo y es un medio para realzar la autoestima. Además, la competencia adquirida también será una causa de orgullo y autoestima.

Cuidar mi físico

No somos indiferentes a la valuación de nuestro cuerpo y de nuestra apariencia física. Quienquiera que seamos podemos siempre hacer algo para “sentirnos mejor en nuestra piel”. Hasta la persona menos dotada desde el punto de vista de la belleza, puede mejorar su condición para parecerse más a lo que desea. A veces, es una cuestión de nutrición, de ejercicio, de darnos valor, de conseguir un aspecto mejor.
En este dominio como en otros, nada es gratuito. Para parecernos a lo que deseamos hacen falta esfuerzos y perseverancia. La persona que se estima procura parecerse lo más posible a su ideal. El débil no tiene el empuje interior para comenzar con los cambios que desea pero, si se esfuerza, su estima aumentará. El hecho simple de decidir qué hacer puede tener un efecto beneficioso sobre nuestra estima. Podremos dar un paso adelante o no, según nuestra elección.

Las actitudes propicias

Algunas actitudes son necesarias para ganar autoestima. Ninguna de ella es innata. El atractivo del riesgo y la perseverancia deben ser animados para persistir. La educación, lo mismo que los resultados que emanan de ella, desempeñan un papel importante en la adquisición de estas actitudes. Veamos, brevemente, cuál es el papel de cada una.

La perseverancia

La perseverancia consiste en insistir en una actividad con el fin de alcanzar el resultado buscado. Hay que distinguirla de la terquedad que a veces es una cualidad, pero puede conducir al fracaso. La perseverancia es sinónimo de persistencia en el esfuerzo, actitud que permite no desanimarse a pesar de los obstáculos.

La perseverancia engloba un deseo fuerte de conseguir éxito. Los obstáculos son considerados como desafíos que hay que traspasar gracias a la astucia y tenacidad. Cuando tal actitud conduce al éxito no es fácil tener certeza de que el éxito viene de nuestros esfuerzos, aunque nuestra estima aumente automáticamente.
“Mi niño padece una enfermedad rara y me moví para que recibiera los mejores cuidados. Jamás abandoné la búsqueda de un médico competente. Finalmente le encontré y la salud de mi hijo mejora”.

El derecho al error

Por otro lado, es imposible rechazar nuestros límites si no tenemos derecho al error porque estas conquistas son imposibles sin experimentar en terreno desconocido. Por definición, la experimentación da a la vez resultados positivos y negativos. Si no podemos soportar el fracaso estaremos condenados a evitar experimentar la novedad.

La educación puede contribuir mucho a que el niño sea estimulado para la búsqueda y el descubrimiento, mejor que motivarle para la necesidad de encontrar “buenas respuestas”. Deseo de exploración rima con juventud. Los adultos tienen el poder de cortar de raíz este deseo, pero pueden también avivarlo. En el adulto la necesidad de tener éxito, cueste lo que cueste, y el miedo a errar pueden volverse tan grandes que el inmovilismo nos aceche. En otros casos el gasto de energía para evitar el error, camuflarlo o evitar asumirlo es tan importante que nos consume.

La capacidad de arriesgar

La estima se edifica aceptando desafíos en los que se nos respete o lance a empresas exigentes. En todos estos casos el riesgo está presente: desagradar, perder prestigio, ser rechazados, suspendidos, etc. Si la seguridad y la comodidad son tan importantes a nuestros ojos que no podemos perderlos, estamos limitando mucho nuestras posibilidades de enriquecer nuestra estima.

La capacidad de arriesgar se desarrolla cuando más temprano se comience y es más fácil. En este caso, los padres deben renunciar a lo que les tranquilice a ellos mismos. Deben crear condiciones donde las experimentaciones pueden efectuarse confiando en el niño. Deben, también, animar el gusto al niño hacia los ensayos y la búsqueda, mejor que expresarles sus miedos y describirles los obstáculos. En cuanto el adulto desee volverse más aventurero encontrará ocasiones a su alcance.

Los diez secretos de la autoestima

La felicidad es uno de los principales ingredientes de la longevidad.
Entonces, ninguna felicidad sin una buena dosis de autoestima.
Buena noticia, reforzar tu autoestima se aprende.

Reforzar tu autoestima y crear tu felicidad

Tener una buena autoestima permite ser positivo, actuar según las aspiraciones y hacer frente a las dificultades de la existencia. Es esencial desarrollar tu autoestima, para ello el trabajo será necesario. En todas las edades, en cada momento y en todas las situaciones, será posible trabajar tu autoestima y reforzarla.
¿Cómo proceder? He aquí diez pistas para reforzar la autoestima.

Afírmate

Aprende a decir lo que piensas, deseas y sientes. Atención, confirmarse no implica volverse agresivo. Debes aprender a formular tus pensamientos sin agresividad. También, aprende a formular bien tus deseos y a expresar tus sentimientos. Exprésate claramente y muy concretamente.

Define tus prioridades

Tómate un tiempo para reflexionar objetivamente sobre tus proyectos de vida: ¿cuáles son los más importantes para ti? ¿Cuáles son tus prioridades, tus proyectos en la vida? Etc. Puedes, así, poner a un lado tus dudas y enfocarte en tus prioridades. Procura conseguir tus prioridades y mejorará mucho tu autoestima.

Pon en una lista tus valores fundamentales

Pon en una lista tus valores fundamentales (libertad de pensamiento, respeto del otro, amor, ciudadanía) y no te dejes contaminar por otros hechos y otras ideas superficiales.
Vivir con valores fuertes contribuye a ser feliz.

Reconoce tus cualidades

Tenemos tantos defectos y cualidades que hasta pueden cambiar el curso de la vida. Lo importante no es enfocarte sobre tus defectos, sino sobre tus calidades. Ponlos en una lista por escrito y reléelos regularmente. Si es necesario, pregúntales a tus amigos qué es lo que más les gusta de ti. Sin duda, te sorprenderás.

Para reforzar la autoestima sé positivo y mira siempre hacia el lado de la solución

Frente a un problema tendemos a ver sólo el lado malo de las cosas. Sin embargo, hay siempre algo positivo y, también, soluciones. Ejercítate frente a una situación difícil y escribe en una columna los problemas y los puntos negativos. En otra columna, los puntos positivos y las soluciones.

Mírate con ternura y benevolencia

Cada día tratas de mejorarte. Esto bien vale un poco de ternura y benevolencia. Anímate, lo mereces, y tan pronto como cruces tu mirada en un escaparate o un espejo, sonríe.

Celebra todas tus pequeñas victorias

Las promociones o el éxito de un examen cuentan entre tus victorias. La vida de cada día está subrayada por pequeños y grandes éxitos en los que debes impregnarte. Cuenta tus victorias y goza de esos pequeños instantes mágicos que te aportan felicidad y, cada tarde, repiensa en todos tus éxitos del día y en todos los acontecimientos felices.

Calla tu crítica interior

Tenemos una pequeña voz interior que nos dice: “no te regocijes demasiado rápidamente “, ” esto no va a durar”, “no lo mereces”… Estas críticas no tienen ninguna justificación y estropean los instantes felices. No te critiques y goza de los instantes presentes.

Elimina tus pensamientos “tóxicos”

“Soy tonto”, “soy torpe”, “soy demasiado pequeño”, “no llegaré allí” estas fórmulas y otras pequeñas frases asesinas dificultan tus actos y pensamientos. Acepta tus defectos, asúmelos o desembarázate de ellos. Comienza por identificarlos objetivamente. Ciertos rasgos de tu personalidad que consideras como debilidades, pueden ser tus puntos fuertes. Ciertos aspectos físicos pueden mandarte señales. Por otra parte, la belleza viene del interior. Nada es inmutable, todo puede transformarse.

Para ir más lejos, les recomendamos la lectura del excelente libro: 15 claves para una autoestima indestructible

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4 Comments

  1. Dorian septiembre 24, 2014
  2. Liola septiembre 24, 2014
  3. Adriana septiembre 24, 2014
  4. Wilico septiembre 24, 2014

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